En los últimos tiempos se ha extendido la idea de que la meritocracia es un mito o, peor aún, una trampa ideológica que consolida privilegios. Sin embargo, cuando hablamos de altas capacidades (AACC), abandonar la idea del mérito y la capacidad como criterios rectores puede resultar catastrófico: supone condenar el talento diverso a la invisibilidad o al olvido.
El verdadero sentido de la meritocracia nunca fue justificar que los privilegiados sigan arriba, sino impedir que la posición social, los recursos económicos o el entorno familiar determinen el horizonte de una persona. Se trata de una cuestión de justicia social, pero también de eficiencia colectiva: una sociedad próspera necesita que las funciones de mayor responsabilidad sean desempeñadas por quienes están mejor preparados, independientemente de su origen.
El obstáculo antes de la línea de salida
El problema actual no es la meritocracia en sí, sino su aplicación imperfecta. Para que el mérito sea real, la igualdad de oportunidades debe garantizarse mucho antes de llegar a la meta.
-
El sesgo de recursos: Un niño con altas capacidades nacido en un entorno con un alto nivel sociocultural y económico tendrá acceso a enriquecimiento extracurricular, diagnósticos privados e intervenciones adaptadas.
-
El talento invisibilizado: Un niño con el mismo potencial neurodivergente en un entorno vulnerado corre el riesgo de pasar desapercibido, ser maldiagnosticado o, peor aún, fracasar escolarmente.
-
El coste social: Cuando el sistema no detecta ni acompaña el talento socioeconómicamente vulnerable, se produce un desperdicio del potencial humano que la sociedad no se puede permitir.
Aceptar la diversidad biológica sin culpabilizar
A menudo existe cierta reticencia a hablar de diferencias innatas o de la «lotería genética» por miedo a estigmatizar. Sin embargo, negar que nacemos con distintas predisposiciones y capacidades cognitivas genera el efecto contrario: si fingimos que todos partimos exactamente de la misma base neutra, la falta de rendimiento o el desinterés se atribuyen erróneamente a un fallo de carácter, a la pereza o a la falta de voluntad.
Reconocer la neurodiversidad e identificar las altas capacidades no implica crear una jerarquía moral ni otorgar un estatus superior a nadie. Poseer un potencial cognitivo elevado es el resultado de una combinación de azar genético y circunstancias ambientales, no un mérito ético personal. Admirar la excelencia o la facilidad cognitiva de alguien debiera ser equivalente a apreciar un paisaje impresionante: un hecho notable que no convierte a la persona en moralmente superior ni le otorga el derecho a acumular ventajas desmedidas.
Hacia una atención diferenciada y justa
Una educación verdaderamente igualitaria no consiste en tratar a todos los alumnos por igual, sino en ofrecer a cada uno lo que necesita para desarrollar su máximo potencial.
-
Superar el tabú de la aceleración y el enriquecimiento: Atender de forma diferenciada según el rendimiento y el ritmo de aprendizaje no es segregar ni estigmatizar; es aceptar que la diversidad de capacidades requiere respuestas pedagógicas distintas.
-
Compensar las desventajas de origen: El sistema educativo público debe actuar como el gran ecualizador, destinando recursos específicos para identificar y nutrir las altas capacidades allí donde las familias no pueden financiar apoyos privados.
Garantizar que las condiciones de nacimiento condicionen lo menos posible el desarrollo de cada individuo es la única vía para conseguir que ningún talento se quede por el camino. La verdadera equidad no busca limar las capacidades de quienes pueden ir más de prisa, sino remover las barreras para que todos puedan llegar tan lejos como su potencial se lo permita.


Comentarios