Existe, en el vasto anecdotario de la historia imperial española, un episodio que la historiografía convencional ha tendido a marginar frente a las narrativas más consabidas de conquista, extracción y dominio: la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, ejecutada entre 1803 y 1810 bajo el auspicio directo de Carlos IV. Se trata, sin exageración retórica, del primer ensayo de medicina preventiva a escala planetaria costeado íntegramente por el erario público de un Estado-nación, y merece, por tanto, un tratamiento que trascienda la mera crónica anecdótica para situarse en el terreno de la historia de las mentalidades y de la administración sanitaria comparada.
Conviene, antes de adentrarnos en la sustancia del asunto, distinguir con precisión —como exige toda indagación seria— entre el hallazgo científico propiamente dicho y su posterior instrumentalización política y logística. Confundir ambos momentos, como suele hacerse en las versiones más divulgativas del relato, empobrece la comprensión del fenómeno y oscurece lo que constituye su verdadera singularidad histórica: no el descubrimiento en sí, sino la voluntad estatal de universalizarlo sin mediar cálculo mercantil alguno.
El descubrimiento jenneriano y sus límites institucionales
En 1796, el médico rural inglés Edward Jenner formalizó, mediante una serie de observaciones empíricas que hoy calificaríamos de metodológicamente rudimentarias pero conceptualmente audaces, el principio de la inmunización cruzada: la exposición controlada al virus de la viruela bovina —cowpox, en la terminología anglosajona— confería protección duradera frente a su homólogo humano, infinitamente más letal. El experimento, realizado sobre el joven James Phipps en el condado de Gloucestershire, carecía de todo respaldo institucional; Jenner operaba al margen de las estructuras académicas oficiales, y su descubrimiento, pese a su trascendencia, permaneció durante años como un hallazgo de circulación restringida, dependiente de la iniciativa individual de médicos ilustrados dispersos por Europa.
Esta circunstancia resulta pertinente porque desmiente una lectura simplista según la cual el progreso científico se traduce automáticamente en beneficio social generalizado. Entre el laboratorio —o, en este caso, el establo— y la aldea más remota del virreinato de Nueva España mediaba un abismo logístico, económico y político que ninguna potencia había siquiera intentado salvar. Fue precisamente ese abismo el que la corona española decidió acometer.
La motivación regia: del duelo privado a la razón de Estado
No resulta ocioso detenerse en la génesis biográfica de la decisión real, pues ilumina una dimensión frecuentemente desatendida por la historiografía institucional: la porosidad entre el dolor privado del monarca y la formulación de políticas públicas de alcance imperial. La muerte de la infanta María Teresa a causa de la viruela operó, en la psicología de Carlos IV, como catalizador de una determinación que trascendió con creces el ámbito doméstico. El monarca, lejos de limitarse a lamentar su pérdida en la intimidad palaciega, la sublimó en un decreto de vacunación universal y gratuita para la totalidad de sus súbditos, sin distinción de casta, estamento o distancia geográfica respecto a la metrópoli.
Este gesto, que un lector contemporáneo formado en el escepticismo hacia las motivaciones del poder podría interpretar como mero ejercicio de legitimación dinástica, admite también una lectura más generosa: la de un monarca que, disponiendo de los medios materiales del imperio más extenso de su tiempo, optó por emplearlos en la preservación de vidas ajenas y anónimas antes que en empresas de prestigio militar o suntuario. Ambas lecturas, por lo demás, no son mutuamente excluyentes, y el historiador prudente hará bien en sostenerlas en tensión antes que resolverlas prematuramente.
La arquitectura humana de la expedición
Al frente de la empresa se situó Francisco Javier de Balmis, cirujano alicantino cuya experiencia previa en los dominios americanos le había dotado de un conocimiento de primera mano sobre la mortalidad variólica en las colonias, muy superior en términos relativos a la registrada en la metrópoli debido a la ausencia casi total de infraestructura médica. Balmis no fue meramente un ejecutor de órdenes reales, sino el verdadero ideólogo logístico de la misión, capaz de persuadir a la corte de que el conocimiento médico, para ser eficaz, debía desplazarse físicamente y no permanecer confinado en los tratados académicos que circulaban entre las élites ilustradas europeas.
A su lado, conviene reivindicar con el énfasis que merece la figura de Isabel Zendal, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, cuya labor ha sido objeto, hasta fechas relativamente recientes, de un silenciamiento historiográfico revelador de los sesgos de género que han atravesado tradicionalmente la disciplina. Zendal no se limitó a acompañar como figura tutelar a los veintidós niños que servirían de vehículo biológico a la vacuna; asumió, de facto, funciones de coordinación sanitaria que la Organización Mundial de la Salud reconocería, siglos después, al distinguirla como la primera enfermera de la historia en participar en una misión de carácter internacional.
No cabe omitir tampoco al doctor José Salvany, encargado de la rama meridional de la expedición, cuya travesía por los terrenos más inhóspitos del virreinato del Perú y las provincias del Río de la Plata constituye, por sí sola, un capítulo de resistencia física y determinación profesional que culminaría, trágicamente, en su fallecimiento como consecuencia directa del desgaste acumulado durante la misión.
El problema técnico y su resolución: entre el ingenio y la controversia ética
El obstáculo fundamental que debía resolver la expedición era de naturaleza estrictamente biológica: la conservación de un agente vírico activo durante una travesía transatlántica que se prolongaría por semanas, en ausencia absoluta de mecanismos de refrigeración o estabilización química. La solución adoptada —el empleo sucesivo de veintidós niños huérfanos como portadores vivos, inoculados por parejas en relevos semanales que mantenían ininterrumpida la cadena de transmisión— constituye, desde una perspectiva estrictamente epidemiológica, una solución de notable elegancia técnica dentro de las restricciones impuestas por la época.
No obstante, sería intelectualmente deshonesto —y ajeno al rigor que este espacio pretende cultivar— presentar dicho procedimiento sin someterlo también al escrutinio ético que exige la sensibilidad contemporánea. El reclutamiento de menores en situación de orfandad, desprovistos de capacidad legal para otorgar consentimiento informado en los términos que hoy consideraríamos mínimamente exigibles, revela las profundas asimetrías de poder que atravesaban la sociedad estamental del Antiguo Régimen. Que la medida salvara, en última instancia, un número incalculable de vidas no exime al historiador de señalar la instrumentalización de cuerpos infantiles vulnerables como recurso logístico, por más que estuviera acompañada, según el testimonio documental disponible, de cuidados considerados adecuados para su época.
Difusión imperial y edificación de infraestructura sanitaria perdurable
La corbeta María Pita, zarpada de La Coruña en noviembre de 1803, inauguró un despliegue que se ramificaría en dos grandes corrientes: una, bajo mando directo de Balmis, orientada hacia Nueva España y, posteriormente, mediante travesía del Pacífico, hacia Filipinas, Macao y Cantón; otra, bajo la dirección de Salvany, hacia las regiones andinas y el cono sur americano. En cada punto de arribo, la expedición no se conformaba con administrar la vacuna de manera puntual, sino que instituía Juntas de Vacunación locales, órganos administrativos destinados a garantizar la continuidad del proceso inmunizador una vez que los expedicionarios hubieran proseguido su itinerario. Este componente institucional —la transferencia de capacidad técnica local, y no solo de un producto biomédico— constituye, a juicio de quien esto escribe, el verdadero mérito estructural de la empresa, por encima incluso de su indudable dimensión filantrópica.
Consideraciones finales sobre el estatuto historiográfico del episodio
Resulta tentador, y así lo han hecho no pocos divulgadores, encuadrar la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna dentro de un relato de excepcionalidad moral del imperio español, contrapuesto a las narrativas dominantes de explotación colonial. Tal maniobra, aunque comprensible desde el punto de vista de la reivindicación patrimonial, resulta reduccionista. Más fecundo resulta comprender el episodio como una anomalía instructiva: la prueba de que las estructuras administrativas imperiales, orientadas primariamente hacia la extracción de recursos y el control territorial, podían, bajo circunstancias biográficas y políticas específicas, reorientarse temporalmente hacia fines de bienestar colectivo de alcance verdaderamente transcontinental.
La expedición no redime, ni pretende hacerlo este texto, las contradicciones estructurales del sistema colonial que la hizo posible. Pero sí constituye un precedente insoslayable en la genealogía de la salud pública internacional, anterior en más de un siglo a las primeras campañas coordinadas por organismos supranacionales, y merece, por ello, una consideración historiográfica que la sustraiga tanto de la hagiografía acrítica como del olvido injusto.

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