Hay una idea que conviene recordar de vez en cuando: los actores de Hollywood son, ante todo, profesionales del entretenimiento. Gente extremadamente bien pagada para interpretar papeles, encarnar emociones ajenas y vendernos historias. Ese es su oficio. Ese es su valor. Y ahí termina, o debería terminar, su autoridad moral sobre el resto del mundo.
Durante años se ha cultivado una especie de superstición moderna según la cual una celebridad, por el simple hecho de ser famosa, adquiere una voz superior sobre política, ética, sociedad o cultura. Como si haber ganado un Oscar, haber desfilado por una alfombra roja o haber aparecido en decenas de portadas convirtiera automáticamente a alguien en una conciencia pública impecable. No la convierte.
El problema no es que opinen. El problema es el pedestal. El problema es ese tono de superioridad con el que, cada vez más, algunos de estos personajes se presentan ante el público como si fueran faros de virtud, intérpretes de la verdad o administradores del buen pensamiento. Cambian de discurso según la moda del momento, se suben al tema más rentable del día y lo envuelven todo en una moralidad de escaparate. Mucha pose, mucha estética, muchas consignas. Menos coherencia de la que les gustaría admitir.
Y no deja de ser irónico que quienes viven de interpretar a otros, a veces con una frivolidad admirablemente cara, pretendan luego dictar cómo debería pensar el ciudadano común. No están para educarnos moralmente. Están para entretenernos. Para hacer películas, series, promociones, campañas y alfombras. Para vendernos fantasía, glamour y evasión. Nada de eso es despreciable. De hecho, es suficiente. El problema empieza cuando confunden aplausos con autoridad.
Hay una diferencia enorme entre admirar el talento de alguien y convertirlo en guía ética de la sociedad. Un actor puede ser brillante en pantalla y, al mismo tiempo, no tener nada especialmente interesante que decir sobre la vida de los demás. Puede conmover en una escena y luego equivocarse de cabo a rabo al hablar fuera de ella. Puede dominar un personaje y no dominar sus propias contradicciones. Y eso no lo invalida como artista; simplemente lo devuelve a su sitio real.
Tal vez convenga dejar de pedirle sabiduría a la maquinaria del espectáculo. Hollywood no es un templo de pensamiento. Es una fábrica de imagen, prestigio y dinero. Sus estrellas no son oráculos. Son, en el mejor de los casos, intérpretes muy bien remunerados. Y en el peor, predicadores de ocasión con excelente iluminación.
Lo sensato sería disfrutar su trabajo sin concederles un poder que no tienen. Aplaudir su talento, sí. Comprar su producto, si nos apetece. Pero no entregarles nuestra brújula moral porque una cámara los enfoca bien y un departamento de marketing les ha aprendido a construir el personaje correcto.
En resumen: que actúen. Que entretengan. Que brillen si pueden. Pero que no se equivoquen de papel. El escenario no es un púlpito.

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