Estamos rodeados de conversaciones, reuniones, presentaciones y debates donde el lenguaje debería ser un instrumento de precisión. Y sin embargo, lo que nos llega a menudo es un torrente de palabras de relleno que no dicen nada, no confirman nada y no preguntan nada. Llamémoslo por su nombre: la dictadura del «vale».

Te ha pasado igual: estás explicando algo importante, buscando una respuesta o esperando una reacción real, y lo que recibes es un «vale, vale, vale» en bucle, como si pulsar enter en el teclado humano fuera suficiente para simular que alguien te escucha. No es solo un tic verbal; es una forma de ausentarse sin marcharse.

El «vale» en cuatro modalidades de huida

  • El vale-escudo: Usado para cortar la conversación antes de que empiece de verdad. «Vale, lo miro.» Spoiler: no lo mira.
  • El vale-autómata: Repetido tres veces seguidas mientras la otra persona mira el móvil. Funciona como fondo de pantalla sonoro.
  • El vale-condescendiente: Dicho con una ligera bajada de tono que viene a decir «ya, ya, lo que tú digas» sin comprometerse con nada.
  • El vale-zombie: El más peligroso. Se asienta en las reuniones de trabajo. Nadie ha entendido nada, pero todos dicen «vale» para no parecer el único que no ha entendido.

¿Por qué esto nos afecta de verdad?

Vacía el lenguaje de contenido: Cuando todo es «vale», nada es un sí, un no, un entendido o un en desacuerdo. La comunicación se convierte en ruido blanco.

Crea una ilusión de acuerdo: El «vale» masivo produce la sensación de que hay consenso donde solo hay evitación. Luego llegan los malentendidos, los plazos incumplidos y los «yo pensaba que…».

Enseña a no escuchar: Quien vale compulsivamente ha aprendido que no hace falta procesar lo que el otro dice; basta con emitir la señal de que sigues ahí.

Señales que detecto en un «valeador» compulsivo

  • Dice «vale» antes de que termines la frase.
  • Encadena tres o más «vales» sin pausa entre ellos.
  • Su «vale» no va seguido de ninguna acción, pregunta ni comentario.
  • Usa el «vale» para cambiar de tema sin que nadie lo haya propuesto.
  • En reuniones, asiente con la cabeza mientras teclea en el portátil.

Mi regla de tolerancia cero (versión lingüística)

He decidido aplicar un criterio simple: si alguien me responde con un «vale» sin añadir nada, lo trato como silencio. No porque sea un capricho, sino porque el lenguaje tiene consecuencias. Exigir que una respuesta signifique algo no es ser quisquilloso: es tomarse en serio la comunicación.

La próxima vez que alguien te valée sin escucharte, prueba a preguntar: «¿Vale qué, exactamente?» El silencio que sigue suele ser más honesto que el vale que lo precedía.

¿Qué podemos hacer?

  • Sustituir el vale por verbos reales: «Entendido», «lo hago», «no estoy de acuerdo», «necesito más información». Cuatro opciones que dicen algo.
  • Pausar antes de responder: Un segundo de silencio vale más —nunca mejor dicho— que tres «vales» consecutivos.
  • Pedir confirmación activa: En lugar de conformarse con el vale ajeno, preguntar «¿qué vas a hacer con esto?» obliga a que la conversación exista de verdad.
  • Desterrarlo de las reuniones: Si alguien dice «vale» sin más tras una propuesta, no sigas adelante. Pide una posición real.

Reflexión final

El lenguaje no es decoración; es el andamiaje con el que construimos entendimiento, acuerdos y relaciones. Dejar que el «vale» lo colonice todo es aceptar que la comunicación es solo un trámite, una formalidad acústica que cumplir antes de seguir a lo siguiente.

Quizás la próxima vez que alguien te responda con un «vale» vacío, lo mejor no sea seguir hablando ni callarse: será exigir que la palabra signifique algo. Porque el «vale» solo prospera cuando nadie pregunta qué es lo que, en realidad, vale.

¿Te suena? ¿Cuál es la situación en la que el «vale» te resulta más insoportable? Cuenta cuándo y por qué ya no lo aguantas.