Estamos en la era de la sobreinformación, de los ensayos de 40 minutos en YouTube, de los pódcasts que prometen “pensamiento crítico” y de comunicadores que cobran fortunas por, teóricamente, elevar el nivel del debate. Sin embargo, hay un virus cognitivo que se propaga más rápido que cualquier algoritmo: el bombardeo sistemático de mediocridad verbal. Y para quien tiene altas capacidades, ese ruido no es solo molesto… es una agresión diaria al sistema nervioso.

Te sientas con la esperanza de encontrar algo que merezca tu atención. Una entrevista, un análisis, un supuesto experto. A los 18 segundos: primer “¿sabes?”. A los 47: segundo. Al minuto y medio ya estás contando en lugar de escuchando. Tu cerebro, que procesa a 180 km/h, se ve obligado a reducir marcha cada tres frases porque el otro necesita rellenar el vacío con muletillas de guardería intelectual.

El “you know” importado y mal traducido No es casualidad. Es el mismo tic anglosajón que hemos copiado como loros, pero en español suena aún más insultante: exigente, paternalista y vacío. Mientras el promedio lo pasa por alto, la mente de altas capacidades lo registra como un error de sintaxis en tiempo real. Cada “¿sabes?” es un micro-insulto: “No confío en que puedas seguirme sin que te lo explique como a un niño”.

La frustración específica del superdotado Para nosotros no es solo “una muletilla”. Es la evidencia constante de que estamos rodeados de pensamiento de bajo octanaje. Escuchar a alguien cuyo trabajo es pensar en voz alta y que no puede sostener tres ideas seguidas sin pedir validación constante genera una mezcla explosiva de:

  • Aburrimiento profundo (el famoso “boredom rage” que solo conocemos los que tenemos cociente por encima de 130)
  • Desperdicio de tiempo vital (cada minuto de mediocridad es un minuto que nunca recuperaremos)
  • Ira contenida ante la constatación de que la sociedad premia la accesibilidad por encima de la excelencia

Por eso duele tanto. No es que seamos elitistas. Es que nuestro cerebro está cableado para buscar patrones complejos, precisión semántica y densidad conceptual… y nos dan puré de patatas lingüístico tres veces al día.

Mi regla de oro actualizada Tolerancia cero absoluta. En cuanto detecto el patrón (¿sabes? + o sea + básicamente + repetición de obviedades), apago. Sin remordimientos. He pasado de “dar una oportunidad” a “la vida es demasiado corta para escuchar mediocridad voluntaria”.

Porque si alguien que vive de hablar no se digna a pulir su discurso, ¿por qué debería yo regalarle mi atención hiperdesarrollada?

Reflexión para los que entendemos La palabra es el instrumento más poderoso que tiene el ser humano. Cuando la degradamos a muletillas y pensamiento plano, no solo perdemos calidad comunicativa: estamos renunciando a la única herramienta que podría igualar, aunque sea por un momento, a las mentes excepcionales con el resto.

Y sí, a veces ser de altas capacidades significa exactamente esto: tener que desconectar continuamente para protegerte de un mundo que habla demasiado y piensa demasiado poco.

¿Te pasa lo mismo? ¿Cuál es la muletilla o la forma de mediocridad verbal que más te saca de quicio como persona de altas capacidades? Cuéntame en los comentarios. Necesito saber que no soy el único que lleva un contador mental y un nivel de frustración crónica.