Hay algo triste y repetitivo en el cine de ahora: los personajes que vemos rara vez parecen personas completas. Son contornos ordenados para que la historia avance sin fricciones, no seres con contradicciones, hábitos extraños o decisiones mal iluminadas. En pantalla cumplen la función que les tocó en la escaleta —“el aliado”, “el motor del conflicto”, “la víctima”— y fuera de eso apenas respiran. Hablan para confirmar lo que la cámara ya muestra, cumplen su línea y se retiran. Si cierras los ojos un momento, muchos de ellos desaparecen: no dejan huella porque nunca produjeron extrañezas que obligaran a volver a mirarlos.

Las razones no son todas creativas; también son industriales. Cuando los guiones se miden por cuánto gustan en pruebas con audiencias, cuando los algoritmos premian lo previsible y cuando las franquicias buscan figuras fácilmente exportables a juguetes y camisetas, la complejidad resulta peligrosa. Un personaje ambivalente es difícil de vender en un póster y más difícil todavía de resumir en un tráiler. Así el estudio prefiere desactivar la arista: simplifica la motivación, subraya la intención con una línea de diálogo clara y pone un rótulo emocional para que nadie tenga que trabajar interpretando. Es una decisión comercial que pasa por encima del riesgo artístico.

El efecto en la narración es doble. Por un lado empobrece el conflicto: sin contradicciones internas, las peleas pierden intensidad porque no responden a una batalla real dentro de un cuerpo; son choques mecánicos entre ideas. Por otro lado limita el crecimiento —el arco se vuelve previsiblemente ascendente o descendente, sin giros por incomprensión, autoboicot o error moral—. Cuando un personaje sólo “progresa” en el sentido plano de cumplir su función dramática, nos quedamos viendo la estructura en lugar de la vida: intuimos el engranaje y rara vez sentimos que alguien genuinamente está en apuros.

Los actores sufren también. El talento se ve reducido a interpretar frases claras y a mantener una expresión coherente con la emoción del momento, pero les es negada la posibilidad de proponer subtexto, de regalar contradicciones con una mirada o una respiración. Los mejores momentos actorales —los silencios que dicen más que un discurso— se cortan en el montaje porque la película teme la ambigüedad. Así, la actuación se homogeniza: buen gesto, frase didáctica, cambio de plano. Poco margen para que lo humano —esa mezcla de orgullo, miedo, vergüenza, deseo mal explicado— se asome.

Otra consecuencia, menos obvia, es la relación que el público establece con esas figuras. Los personajes planos son fáciles de catalogar y aún más fáciles de olvidar. No generan discusión, no llegan a debates en bares ni a interpretaciones que resistan el paso del tiempo. Al final, consumimos identidades prefabricadas que nos dan la satisfacción inmediata de entenderlas sin molestia, pero nos privan de la resonancia que produce un personaje difícil que no se somete a una lectura única.

¿Significa esto que todo personaje debe ser enrevesado y oscuro? No. Lo cuestionable es la homogeneidad: la apuesta constante por la linealidad como norma. La complejidad no es un ornamento sino una herramienta narrativa: una contradicción bien planteada puede hacer avanzar un guion tanto como una revelación sorpresiva. Y esa complejidad no necesita ser extrema; basta con permitir pequeñas fisuras —un hábito extraño, una decisión impulsiva, una mentira que no se sostiene— para que el personaje deje de ser un icono y se convierta en alguien con quien entramos en diálogo.

Recuperar personajes con profundidad pasa por decisiones concretas: guiones que acepten la incomodidad, directores que confíen en el subtexto, montajes que dejen respirar dudas y actores a los que se les permita fallar. También supone que la industria repiense lo que vende: confiar en que una parte de la audiencia valora la dificultad de leer entre líneas y que esa inversión cultural puede devolver historias más ricas y memorables. Porque, al final, lo que se pierde con la linealidad no es solo la emoción de una escena bien construida; es la oportunidad de ver en pantalla a alguien que nos recuerde —con sus incoherencias, sus silencios y sus errores— que la condición humana no viene empaquetada ni explicada en una sola frase.